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«Ricardo Arjona en Aracataca-Macondo [Pics - Fotos]»
Ricardo Arjona en la tierra de Gabo.
«Llovió durante toda la tarde en un solo tono. En la intensidad uniforme y apacible se oía caer el agua como cuando se viaja toda la tarde en un tren. Pero sin que lo advirtiéramos, la lluvia estaba penetrando demasiado hondo en nuestros sentidos. En la madrugada del lunes, cuando cerramos la puerta para evitar el vientecillo cortante y helado que soplaba del patio, nuestros sentidos habían sido colmados por la lluvia. Y en la mañana del lunes los había rebasado».
Bajo la lluvia, Ricardo Arjona se empapó del Realismo Mágico. Y por si eso fuera poco, hizo un recorrido similar al que el Premio Nobel protagonizó al descender del ‘Tren Amarillo de Macondo’, pero sin ningún testigo; lo contrario al recibimiento de multitudes, en especial de centenares de niños de los colegios locales, que tuvo García Márquez cuando regresó a su tierra natal, al lado de su mujer Mercedes Barcha, el miércoles 30 de mayo del 2007.
Gabriel García Márquez, en su libro 'Vivir para contarla', decía que en la ruta [de tren] "cada río tenía su pueblo y su puente de hierro por donde el tren pasaba dando alaridos, y las muchachas que se bañaban en las aguas heladas saltaban como sábalos a su paso para turbar a los viajeros con sus tetas fugaces".
El cantautor guatemalteco Ricardo Arjona, como ya muchos de ustedes sabrán, llegó de incógnito a Aracataca, la tierra natal del escritor colombiano Gabriel García Márquez, en el norte de Colombia, en plena temporada de aguaceros, en el litoral atlántico, y como en la novela del laureado escritor, vio "llover en Macondo". Eso fue a fines del 2007.
Ricardo Arjona confesó que la novela "Cien años de soledad", o 'La casa', como se iba a llamar la novela, de García Márquez es su libro favorito.
RICARDO ARJONA volvió a leer este libro en el 2003:
Descargar el libro CIEN AÑOS DE SOLEDAD de Gabriel Garcia Marquez en formato PDF.
Ricardo Arjona llegó a esa localidad del departamento del Magdalena, acompañado del pintor Darío Ortiz y del poeta Gustavo Tatis Guerra, según el diario "El Heraldo", de Barranquilla, Colombia.
Ricardo Arjona apareció en una camioneta verde, tras un vuelo en avioneta que salió de Cartagena y aterrizó en la hirviente población de Gabo.
También el poeta Rafael Darío Jiménez, director de la Casa Museo Gabriel García Márquez, fue anfitrión y guía de Ricardo Arjona en su recorrido por la localidad de la que nació Macondo, el pueblo mítico de la obra del escritor colombiano.
"Hay una Isabel viendo llover en Macondo", dijo Ricardo Arjona al llegar a Aracataca, citando el título de uno de los cuentos del Nobel. [Leer el cuento de García Márquez -Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo (1955) - en la sección de comentarios]
Isabel viendo llover en Macondo es el título de uno de los cuentos del escritor, y para el director de la fundación Casa Museo Gabriel García Márquez, Rafael Darío Jiménez, la presencia del artista fue un interesante y agradable encuentro de apenas dos horas de duración.
Gabriel García Márquez, al igual que el cantautor guatemalteco, también tiene casa en México, pero desde 1967. El compositor de SIN DAÑOS A TERCEROS, que se ha declarado 'chilango' por elección, pero guatemalteco de sangre, llegó a México en 1989. Incluso, ambos, tienen sus casas en el mismo barrio de la capital mexicana.
Ricardo Arjona:Veo mucha de la realidad de la obra de Gabo en Aracataca, la misma que observó en Colombia y el resto del mundo. Eso es lo que yo intento hacer con mi música: contar las historias reales de vida.
En su recorrido de menos de tres horas por Aracataca, Ricardo Arjona estuvo en la Casa Museo, se detuvo en la Biblioteca Remedios La Bella, recorrió la estación del ferrocarril, paseó por el Camellón y escuchó las historias que sobre la familia de Gabo le contó el poeta Jiménez. El artista guatemalteco se llevó el libro de Jiménez ‘Una ballena azul’, que es una narrativa para niños.
Ricardo Arjona en Aracataca, Colombia.
Junto a la estación del ferrocarril
El cantautor guatemalteco observa los objetos de la Casa Museo Gabriel García Márquez, que entonces se exhibían en ‘La casa del telegrafista’. En esta casa-museo, ubicado en la avenida Monseñor Espejo, nació el nobel de literatura colombiano, el 6 de marzo de 1927 [de acuerdo a su "Autobiografía, Vivir para contarla", págs. 76-77], bajo el nombre de Gabriel José de la Concordia García Márquez. La casa-museo tiene dos cuerpos, uno de madera con techo de paja -la casa típica de la zona bananera-, y el otro de paredes de cemento y tejas de lata.
Ricardo Arjona en Aracataca, Colombia.
Recordando a Aureliano Buendia
En ‘La casa del telegrafista’, de manera atenta escuchó a Rafael Darío Jiménez mientras el pintor Darío Ortiz le tomaba la foto del recuerdo. De frente con la realidad, a lo mejor se dio cuenta de que quizá su canción ‘Historia de taxi’ no tiene seguidores allí porque en Aracataca no hay ni un solo vehículo que preste ese servicio. Únicamente se permite el color amarillo de las mariposas y el rodar de los bici-taxis.
Ricardo Arjona en Aracataca, Colombia - Descansando
Ricardo Arjona en Aracataca, Colombia - Junto con sus guías
Ricardo Arjona en Aracataca, Colombia - Emocionado ante un piano
Ricardo Arjona se compró un CD del juglar de esa tierra Antonio Jaramillo, más conocido como ‘El Perro Negro’.
Todas estas experiencias en el territorio de Cien años de soledad transcurrieron en medio de una gruesa lluvia, que hizo que los cataqueros se protegieran en sus casas y perdieran de vista a esa estrella guatemalteca que, de manera anónima, desde una camioneta verde y luego a pie dejó colar por sus sentidos y su corazón la historia de un pueblo que en medio de su soledad sigue produciendo historias, como la que pondrá pronto Ricardo Arjona en un nuevo disco. 
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Fuente: El Heraldo // Fecha: 6 de septiembre, 2007 | www.ricardoarjona.com
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4 Comentarios:
Nací en el municipio de Aracataca, Magdalena. Soy comunicador social de la uniautónoma del caribe, Barranquilla. He publicado tres poemarios: hondero de estrellas (1979); entusiasmo y perseverancia (1982) y confesión de parte (1981).
Además, he participado en colectivos de narrativa, he publicado la antología Cuentos del Magdalena(1987), he publicado obras de autores magdalenenses del pasado, entre ellos: obra poética de Lui Aurelio Vergara y de Gregorio Castañeda Aragón.
En 1997 investigué y publiqué el directorio cultural del Magdalena y y en el 2006 publiqué una obra narrativa para niños con el título: Una ballena azul. En el 2004 obtuve especialización en Gerencia y Gestión Cultural en el Colegio Mayor Universidad del Rosario.
Actualmente lidero la gestión cultural de mi municipio, especialmente con el proyecto de refacción de la Casa Museo Gabriel García Márquez. También entiendo que este proyecto conlleva a dimensionar en la región de mi departamento todo proyecto turístico. De ahí, que mis máximas ocupaciones laborales aparte de la literatura y el periodismo cultural, sean ampliar la red turistica y cultural. Aspiro a que mi trabajo en el paso por esta galaxia sirva mucho a los habitantes de este inicio de milenio.
Isabel viendo llover en Macondo
El invierno se precipitó un domingo a la salida de misa. La noche del sábado había sido sofocante. Pero aún en la mañana del domingo no se pensaba que pudiera llover. Después de misa, antes de que las mujeres tuviéramos tiempo de encontrar un broche de las sombrillas, sopló un viento espeso y oscuro que barrió en una amplia vuelta redonda el polvo y la dura yesca de mayo. Alguien dijo junto a mí: "Es viento de agua". Y yo lo sabía desde antes. Desde cuando salimos al atrio y me sentí estremecida por la viscosa sensación en el vientre. Los hombres corrieron hacia las casas vecinas con una mano en el sombrero y un pañuelo en la otra, protegiéndose del viento y la polvareda. Entonces llovió. Y el cielo fue una sustancia gelatinosa y gris que aleteó a una cuarta de nuestras cabezas. Durante el resto de la mañana mi madrastra y yo estuvimos sentadas junto al pasamano, alegre de que la lluvia revitalizara el romero y el nardo sedientos en las macetas después de siete meses de verano intenso, de polvo abrasante. Al mediodía cesó la reverberación de la tierra y un olor a suelo removido, a despierta y renovada vegetación, se confundió con el fresco y saludable olor de la lluvia con el romero. Mi padre dijo a la hora de almuerzo: "Cuando llueve en mayo es señal de que habrá buenas aguas". Sonriente, atravesada por el hilo luminoso de la nueva estación, mi madrastra me dijo: "Eso lo oíste en el sermón". Y mi padre sonrió. Y almorzó con buen apetito y hasta tuvo una entretenida digestión junto al pasamano, silencioso, con los ojos cerrados pero sin dormir, como para creer que soñaba despierto.
Llovió durante toda la tarde en un solo tono. En la intensidad uniforme y apacible se oía caer el agua como cuando se viaja toda la tarde en un tren. Pero sin que lo advirtiéramos, la lluvia estaba penetrando demasiado hondo en nuestros sentidos. En la madrugada del lunes, cuando cerramos la puerta para evitar el vientecillo cortante y helado que soplaba del patio, nuestros sentidos habían sido colmados por la lluvia. Y en la mañana del lunes los había rebasado. Mi madrastra y yo volvimos a contemplar el jardín. La tierra áspera y parda de mayo se había convertido durante la noche en una substancia oscura y pastosa, parecida al jabón ordinario. Un chorro de agua comenzaba a correr por entre las macetas. "Creo que en toda la noche han tenido agua de sobra", dijo mi madrastra. Y yo noté que había dejado de sonreír y que su regocijo del día anterior se había transformado en una seriedad laxa y tediosa. "Creo que sí —dije—. Será mejor que los guajiros las pongan en e corredor mientras escampa". Y así lo hicieron, mientras la lluvia crecía como árbol inmenso sobre los árboles. Mi padre ocupó el mismo sitio en que estuvo la tarde del domingo, pero no habló de la lluvia. Dijo: "Debe ser que anoche dormí mal, porque me he amanecido doliendo el espinazo". Y estuvo allí, sentado contra el pasamano, con los pies en una silla y la cabeza vuelta hacia el jardín vacío. Solo al atardecer, después que se negó a almorzar dijo: "Es como si no fuera a escampar nunca". Y yo me acordé de los meses de calor. Me acordé de agosto, de esas siestas largas y pasmadas en que nos echábamos a morir bajo el peso de la hora, con la ropa pegada al cuerpo por el sudor, oyendo afuera el zumbido insistente y sordo de la hora sin transcurso. Vi las paredes lavadas, las junturas de la madera ensanchadas por el agua. Vi el jardincillo, vacío por primera vez, y el jazminero contra el muro, fiel al recuerdo de mi madre. Vi a mi padre sentado en el mecedor, recostadas en una almohada las vértebras doloridas, y los ojos tristes, perdidos en el laberinto de la lluvia. Me acordé de las noches de agosto, en cuyo silencio maravillado no se oye nada más que el ruido milenario que hace la Tierra girando en el eje oxidado y sin aceitar. Súbitamente me sentí sobrecogida por una agobiadora tristeza.
Llovió durante todo el lunes, como el domingo. Pero entonces parecía como si estuviera lloviendo de otro modo, porque algo distinto y amargo ocurría en mi corazón. Al atardecer dijo una voz junto a mi asiento: "Es aburridora esta lluvia". Sin que me volviera a mirar, reconocí la voz de Martín. Sabía que él estaba hablando en el asiento del lado, con la misma expresión fría y pasmada que no había variado ni siquiera después de esa sombría madrugada de diciembre en que empezó a ser mi esposo. Habían transcurrido cinco meses desde entonces. Ahora yo iba a tener un hijo. Y Martín estaba allí, a mi lado, diciendo que le aburría la lluvia. "Aburridora no —dije. Lo que me parece es demasiado triste es el jardín vacío y esos pobre árboles que no pueden quitarse del patio". Entonces me volvía mirarlo, y ya Martín no estaba allí. Era apenas una voz que me decía: "Por lo visto no piensa escampar nunca", y cuando miré hacia la voz, sólo encontré la silla vacía.
El martes amaneció una vaca en el jardín. Parecía un promontorio de arcilla en su inmovilidad dura y rebelde, hundidas las pezuñas en el barro y la cabeza doblegada. Durante la mañana los guajiros trataron de ahuyentarla con palos y ladrillos, Pero la vaca permaneció imperturbable en el jardín, dura, inviolables, todavía las pezuñas hundidas en el barro y la enorme cabeza humillada por la lluvia. Los guajiros la acostaron hasta cuando la paciente tolerancia de mi padre vino en defensa suya: "Déjenla tranquila —dijo—. Ella se irá como vino".
Al atardecer del martes el agua apretaba y dolía como una mortajada en el corazón. El fresco de la primera mañana empezó a convertirse en una humedad caliente; era una temperatura de escalofrío. Los pies sudaban dentro de los zapatos, No se sabía qué era más desagradable, si la piel al descubierto o el contacto con la ropa en la piel. En la casa había cesado toda actividad. Nos sentamos en el corredor, pero ya no contemplábamos la lluvia como el primer día. Ya no la sentíamos caer. Ya no veíamos sino el contorno de los árboles en la niebla, en un atardecer triste y desolado que dejaba en los labios el mismo sabor con que se despierta después de haber soñado con una persona desconocida. Yo sabía que era martes y me acordaba de las mellizas de San Jerónimo, de las niñas ciegas que todas las semanas vienen a la casa a decirnos canciones simples, entristecidas por el amargo y desamparado prodigio de sus voces. Por encima de la lluvia yo oía la cancioncilla de las mellizas ciega y las imaginaba en su casa, acuclilladas, aguardando a que cesara la lluvia para salir a cantar. Aquel día no llegarían las mellizas de San Jerónimo, pensaba yo, ni la pordiosera estaría en el corredor después de la siesta, pidiendo como todos los martes, la eterna ramita de toronjil.
Ese día perdimos el orden de las comidas. Mi madrastra sirvió a la hora de la siesta un plato de sopa simple y un pedazo de pan rancio. Pero en realidad no comíamos desde el atardecer del lunes y creo que desde entonces dejamos de pensar. Estábamos paralizados, narcotizados por la lluvia, entregados al derrumbamiento de la naturaleza en una actitud pacífica y resignada. Solo la vaca se movió en la tarde- De pronto, un profundo rumor sacudió sus entrañas y las pezuñas se hundieron en el barro con mayor fuerza. Luego permaneció inmóvil durante media hora, como si ya estuviera muerta, pero no pudiera caer porque se lo impedía la costumbre de estar viva, el hábito de estar en una misma posición bajo la lluvia, hasta cuando la costumbre fue más débil que el cuerpo. Entonces dobló las patas delanteras (levantadas todavía en un último esfuerzo agónico las ancas brillantes y oscuras), hundió el babeante hocico en el lodazal y se rindió por fin al peso de su propia materia en una silenciosa, gradual y digna ceremonia de total derrumbamiento. "Hasta ahí llegó", dijo alguien a mis espaldas. Y yo me volví a mirar y vi en el umbral a la pordiosera de los martes que venía a través de la tormenta a pedir la ramita de toronjil.
Tal vez el miércoles me habría acostumbrado a ese ambiente sobrecogedor si al llegar a la sala no hubiera encontrado la mesa recostada contra la pared, los muebles amontonados encima de ella, y del otro lado, en un parapeto improvisado durante la noche, los baúles y las cajas con los utensilios domésticos. El espectáculo me produjo una terrible sensación de vacío. Algo había sucedido durante la noche. La casa estaba en desorden; los guajiros, sin camisa y descalzos, con los pantalones enrollados hasta las rodillas, transportaban los muebles al comedor. En la expresión de los hombres, en la misma diligencia con que trabajaban se advertía la crueldad de la frustrada rebeldía, de la forzosa y humillante inferioridad bajo la lluvia. Yo me movía sin dirección, sin voluntad. Me sentía convertida en una pradera desolada, sembrada de algas y líquenes, de hongos viscosos y blandos, fecunda por la repugnante flora de la humedad y de las tinieblas. Yo estaba en la sala contemplando el desierto espectáculo de los mueble amontonados cuando oí la voz de mi madrastra en el cuarto advirtiéndome que podía contraer una pulmonía. Solo entonces caí en la cuenta de que el agua me daba en los tobillos, de que la casa estaba inundada, cubierto el piso por una gruesa superficie de agua viscosa y muerta.
Al mediodía del miércoles no había acabado de amanecer. Y antes de las tres de la tarde la noche había entrado de lleno, anticipada y enfermiza, con el mismo lento y monótono y despiadado ritmo de la lluvia en el patio. Fue un crepúsculo prematuro, suave y lúgubre, que creció en medio del silencio de los guajiros, que se acuclillaron en las sillas, contra las paredes, rendidos e impotentes ante el disturbio de la naturaleza. Entonces fue cuando empezaron a llegar noticias de la calle. Nadie las traía a la casa. Simplemente llegaba, precisas, individualizadas, como conducidas por el barro líquido que corría por las calles y arrastraba objetos domésticos, cosas y cosas, destrozos de una remota catástrofe, escombros y animales muertos. Hechos ocurridos el domingo, cuando todavía la lluvia era el anuncio de una estación providencial, tardaron dos días en conocerse en la casa. Y el miércoles llegaron las noticias, como empujadas por el propio dinamismo interior de la tormenta. Se supo entonces que la iglesia estaba inundada y se esperaba su derrumbamiento. Alguien que no tenía por qué saberlo, dijo esa noche: "El tren no puede pasar el puente desde el lunes. Parece que el río se llevó los rieles". Y se supo que una mujer enferma había desaparecido de su lecho y había sido encontrada esa tarde flotando en el patio.
Aterrorizada, poseída por el espanto y el diluvio, me senté en el mecedor con las piernas encogidas y los ojos fijos en la oscuridad húmeda y llena de turbios pensamientos. Mi madrastra apareció en el vano de la puerta, con la lámpara en alto y la cabeza erguida. Parecía un fantasma familiar ante el cual yo misma participaba de su condición sobrenatural. Vino hasta donde yo estaba. Aún mantenía la cabeza erguida y la lámpara en alto, y chapaleaba en el agua del corredor. "Ahora tenemos que rezar", dijo. Y yo vi su rostros seco y agrietado, como si acabara de abandonar una sepultura o como si estuviera fabricada en una substancia distinta de la humana. Estaba frente a mí, con el rosario en la mano, diciendo: "Ahora tenemos que rezar. El agua rompió las sepulturas y los pobrecitos muertos están flotando en el cementerio". Tal vez había dormido un poco esa noche cuando desperté sobresaltada por un olor agrio y penetrante como el de los cuerpos en descomposición. Sacudía con fuerza a Martín, que roncaba a mi lado. "¿No lo sientes?", le dije. Y él dijo "¿Qué?" Y yo dije: "El olor. Deben ser los muertos que están flotando por las calles". Yo me sentía aterrorizada por aquella idea, pero Martín se volteó contra la pared y dijo con la voz ronca y dormida: "Son cosas tuyas. Las mujeres embarazadas siempre están con imaginaciones".
Al amanecer del jueves cesaron los olores, se perdió el sentido de las distancias. La noción del tiempo, trastornada desde el día anterior, desapareció por completo. Entonces no hubo jueves. Lo que debía ser lo fue una cosa física y gelatinosa que había podido apartarse con las manos para asomarse al viernes. Allí no había hombres ni mujeres. Mi madrastra, mi padre, los guajiros eran cuerpos adiposos e improbables que se movían en el tremedal del invierno. Mi padre me dijo: "No se mueva de aquí hasta cuando no le diga lo qué se hace", y su voz era lejana e indirecta y no parecía percibirse con los oídos sino con el tacto, que era el único sentido que permanecía en actividad.
Pero mi padre no volvió: se extravió en el tiempo. Así que cuando llegó la noche llamé a mi madrastra para decirle que me acompañara al dormitorio. Tuve un sueño pacífico, sereno, que se prolongó a lo largo de toda la noche- Al día siguiente la atmósfera seguía igual, sin color, sin olor, sin temperatura. Tan pronto como desperté salté a un asiento y permanecí inmóvil, porque algo me indicaba que todavía una zona de mi consciencia no había despertado por completo. Entonces oí el pito del tren. El pito prolongado y triste del tren fugándose de la tormenta. "Debe haber escampado en alguna parte", pensé, y una voz a mis espaldas pareció responder a mi pensamiento: "Dónde...", dijo. "¿quién esta ahí?", dije yo, mirando. Y vi a mi madrastra con un brazo largo y escuálido extendido hacia la pared. "Soy yo", dijo Y yo le dije: "¿Los oyes?" Y ella dijo que sí, que tal vez habría escampado en los alrededores y habían reparado las líneas. Luego me entregó una bandeja con el desayuno humeante. Aquello olía a salsa de ajo y manteca hervida. Era un plato de sopa. Desconcertada le pregunté a mi madrastra por la hora. Y ella, calmadamente, con una voz que sabía a postrada resignación, dijo: "Deben ser las dos y media, más o menos. El tren no lleva retraso después de todo". Yo dije: "¡Las dos y media! ¡Cómo hice para dormir tanto!" Y ella dijo: "No has dormido mucho. A lo sumo serían las tres". Y yo, temblando, sintiendo resbalar el plato entre mis manos: "Las dos y media del viernes...", dije. Y ella, monstruosamente tranquila: "Las dos y media del jueves, hija. Todavía las dos y media del jueves".
No sé cuanto tiempo estuve hundida en aquel sonambulismo en que los sentidos perdieron su valor. Solo sé que después de muchas horas incontables oí una voz en la pieza vecina. Una voz que decía: "Ahora puedes rodar la cama para ese lado". Era una voz fatigada, pero no voz de enfermo, sino de convaleciente. Después oí el ruido de los ladrillos en el agua. Permanecí rígida antes de darme cuenta de que me encontraba en posición horizontal. Entonces sentí el vacío inmenso, Sentí el trepidante y violento silencio de la casa, la inmovilidad increíble que afectaba a todas las cosas. Y súbitamente sentí el corazón convertido en una piedra helada. "estoy muerta —pensé—. Dios. Estoy muerta". Di un salto de la cama. Grite: "¡Ada, Ada!" La voz desabrida de martín me respondió desde el otro lado: "No pueden oírte porque ya están fuera". Solo entonces me di cuenta de que había escampado y de que en torno a nosotros se extendía un silencio, una tranquilidad, una beatitud misteriosa y profunda, un estado perfecto que debía ser muy parecido a la muerte. Después se oyeron pisadas en el corredor. Se oyó una voz clara y completamente viva. Luego un vientecito fresco sacudió la hoja de la puerta, hizo crujir la cerradura, y un cuerpo sólido y momentáneo, como una fruta madura, cayó profundamente en la alberca del patio. Algo en el aire denunciaba la presencia de una persona invisible que sonreía en la oscuridad.
"Dios mío —pensé entonces, confundida por el trastorno del tiempo—. Ahora no me sorprendería de que me llamaran para asistir a la misa del domingo pasado".
Fin
A propósito de Arjona y el Gabo, les dejo este par de links, son unos cuentos buenísimos al respecto
http://cuentospajeros.blogspot.com/2007/11/el-amor-en-los-tiempos-de-la-trova.html
http://cuentospajeros.blogspot.com/2007/11/trovadores.html
Pablo
Gabriel García Márquez en el 'Tren Amarillo de Macondo'
ARACATACA, mayo 2007.- Su regreso fue en el llamado Tren Amarillo de Macondo, en alusión al color que su imaginación concibió para Macondo, el centro del universo en Cien años de soledad , y en compañía de su mujer, Mercedes Barcha.
Tres vagones restaurados al estilo de los años 50 e impulsados por una locomotora de vapor salieron repletos de la bella ciudad de Santa Marta. Gabo, como lo conoce el mundo, subió a la formación vestido de blanco, en medio de un alboroto extraordinario, y al son de bailes y canciones tradicionales. El más notable escritor colombiano había estado en Aracataca en 1983, cuando llegó para celebrar el Premio Nobel de Literatura, que obtuvo en 1982.
El "Tren Amarillo a Macondo", que el narrador ha impulsado en los últimos meses, procurará ser el puntapié de una recuperación turística integral de la región para darles a los empobrecidos habitantes de la región una mejor calidad de vida, con un incremento del turismo. Porque si Colombia recibió en el 2006 más de un millón de turistas, lo que equivale a un aumento del 20% en relación con el año anterior, Aracataca -la aldea inspiradora de Macondo- sólo tuvo 3000 visitantes literarios.
El gobierno colombiano, a través de una iniciativa impulsada por la ministra de Cultura, Elvira Cuervo de Jaramillo, puso al alcance una inversión de más de US$ 530.000 para recuperar la casa natal de García Márquez, que fue restaurada como un futuro museo que lleva el nombre del narrador y fue inaugurado en el 2008.
Los pobladores de Aracataca se han sentido dolidos por la larga ausencia del Nobel de Literatura. Sin embargo, el médico Guillermo Valencia, uno de sus compañeros en la escuela Montesori, justificó la decisión de García Márquez, al señalar que "retornar a sitios donde creció es una forma de recoger sus pasos. Eso lo hace reflexionar sobre la cercanía de la muerte y lo deprime".
El mensaje de Gabo es que el tren les llega con cosas buenas. Es su manera de poner la literatura al servicio del bien común".
Fuente de la noticia: Agencias/IBERARTE